Abuelo, ¿por qué tengo tantas preguntas? por Gerardo Sánchez

Un gran amigo de correrías, se ha tomado el tiempo para leer el libro y más tiempo todavía para escribir una reseña del libro. Me encanta por la magnífica elocuencia que despliega y con la que, personalmente, me he deleitado. Os dejo con Gerardo.

Cuando una amigo escribe un libro surge en mi interior una comezón que mezcla la ilusión por la hazaña lograda, la ansiedad por leerlo y la preocupación por el poso que dejará su lectura (¿me gustará? ¿Seré capaz de captar lo que intenta expresar?). No es como cuando lees algo de alguien desconocido, donde tu mente vaga a priori mas libre de prejuicios, aquí uno se exige inconscientemente más, por respeto y cariño al amigo y sobre todo por respeto a uno mismo. Con esas dudas atendí hace días a la presentación del autor, ilusionada y algo nerviosa, y me quedé con mil preguntas por hacerle que quizás estuvieran ya resueltas en el libro. Tocaba pues leerlo, con atención, lapicero y, en lo posible, libre de prejuicios, como si fuera un autor desconocido. 
A través de pequeñas conversaciones, precedidas por un planteamiento y escoltadas por un desenlace, el autor nos guía por algunas piezas clave de un puzzle llamado inteligencia emocional (el miedo, la empatía, el enfado, el amor…) de una forma desenfadada pero sobre todo sencilla, quizás simplona para quien quiera buscar raíces profundas al vivir; puede que este sea uno de los grandes aciertos: buscar la sencillez y expresarla desvistiendo de complejos razonamientos algo tan vital como es el sentir. ¿Es por tanto un libro de “autoayuda”? El autor en su presentación se apresuró a negarlo, igual que rehuyó de la etiqueta de cuento, novela, tratado de psicología y tantos otros… y nos dejó el reto de etiquetarlo, y de en que parte de nuestra estantería, física y mental, deberíamos colocarlo.

En esa búsqueda me embarqué al día siguiente al arrullo de un largo viaje de tren, aislado de otro estímulo que la mera lectura. Y surgió mi primera pregunta: ¿David habla de emociones o de estados? No he sabido responderme, encuentro hilvanados en sus palabras la empatía, un estado del ser ante las emociones, o el miedo, una emoción saltarina y cambiante, bloqueante a veces según el autor pero frente a la que responde con algo que explica pero no nombra (la precaución). Mal empezamos, si apenas llevo 30 páginas y no solo estoy discutiendo al autor sino también conmigo mismo. Sigamos… y dejémonos envolver, sorprender. Hablar como lo hace el autor de la empatía, de la liberación de juzgar al prójimo, de nuestra egoísta regla de medir a los demás, de nuestro caprichoso mapa mental me reconcilia, ¡me engancha de una forma fascinada! al derrotero de sus palabras y sus ideas. Es como si el libro hubiera mostrado primero una senda algo difusa para de repente centrarse y lanzarme a su ruta, que percibo nítida y voy siguiendo sin la tensión de perderme en ella. No en vano David es ultracorredor montañero y parece haber aplicado al libro el principio que le guía cuando se enfrenta ante horas y horas por una montaña donde solo se sentirá cómodo tras llevar un rato navegando por ella. 

Así los capítulos que dedica al enfado, a la muerte, al fracaso (frente al que hay que actuar, expone de una forma clara y decidida), o sobre todo a la felicidad me son claros, sencillos, contundentes en su suavidad, diáfanos. Como no lo son, y claramente mi lápiz subraya, comenta y polemiza sobre sus líneas, el concepto del amor “romántico” como limitante que hace David, la minusvaloración que a mi entender realiza del apego, el obviar el modelado mutuo que creo deben hacer los amantes y como hemos de modificarnos frente al otro para sentirnos. Quizás sea el capítulo con el que mas disentí, y es normal que el amor nos afecte, nos influya, nos defina a cada cual de una manera; la de David es perfectamente entendible y a la vez, como sentimiento personal que es, absolutamente discrepable.

Pero el libro no deja de sorprenderme, me intriga cuando habla de la tristeza, cuando aparentemente no la explica pero si nos pone en la vía que cada uno hemos de recorrer para comprenderla, y asumirla por nosotros mismos. Soberbia manera de en vez de darnos una definición invitarnos a hacer un camino y… a ver que descubrimos. Y en el capítulo de la autoestima ¡por fin se habla de la soledad! Aunque puede parecer a veces un poco repetitivo me gusta el afán machacón del autor en dejarnos claros uno de los mensajes claves del libro: que la vida en una gran medida depende de nosotros mismos, y en ese pensamiento la autoestima es una de las mejores herramientas que disponemos para afrontar los retos, aprender de los fracasos y saber utilizarlos a nuestro favor.

En suma es un libro con el que uno puede discrepar o no, que no ofrece soluciones pero que cuenta con sencillez conceptos intangibles que acompañan nuestra vida. Un libro donde quizás echo de menos algo de sentimiento, de avanzar en lo profundo del ser, pero para eso están la poesía, las historias personales, las películas como buenos compañeros de viaje de este libro. Y yo combinaría su lectura con el visionado de Truman, una película española reciente donde a través de los diálogos entre los personajes parece crearse un complemento ideal a lo contado por David, como si fueran piezas encajables del puzzle que es la vida y que ayudan a ver más nítidamente la figura que vamos construyendo mientras existimos.

Me queda una última pregunta por responder. ¿Dónde colocar este libro en mi estantería mental? A veces las ideas brujulean sin mostrarse por la mente de cada uno, pero las percibimos, son como huidizos y traviesos duendes que juegan con nuestros recuerdos hasta que de repente, a la vuelta de una esquina se muestran plenas, sonrientes, juguetonas. Y esta mañana, inmerso en el día a día laboral, de repente apareció. El libro de David es un libro de… filosofía. Hace muchos años me tocó leer por obligación en C.O.U. un pequeño libro llamado “Introducción al pensamiento filosófico”. Su autor, Joseph Bochenski, era un filósofo y religioso polaco, experto en lógica y en “sovietología”, que en 1958 dió 10 charlas en la radio de Baviera, cada una dedicado a un tema transcendental de nuestra vida (la verdad, el pensamiento, el hombre, la sociedad…). Aquellas conferencias, tremendamente amenas a pesar de su contenido, fueron luego transcritas en un pequeño y precioso libro.

El libro de David Roncero en su ámbito persigue el mismo objetivo y transita por caminos parecidos, sencillos, divulgativos y a la vez invitadores a la profundidad de la reflexión, y a discrepar por supuesto. Solo le falta para cerrar el círculo que alguna emisora se atreva a que cada capítulo se convirtiera en una hora de escucha sobre las preguntas que plantea y trata de responder David. En suma, un gran libro, de un buen amigo. Lo recomiendo.

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