Camiño dos Faros 2015 por las enfermedades raras y crónicas

“Porque los locos no tenemos límites y a veces nos cuesta entender lo que significa NO”. Eso fue lo que escribí cuando me dijeron que se cancelaba el Ultra Trail Camiño dos Faros 2015 por falta de permisos. Así que igualmente nos plantamos en Malpica, porque estamos locos y somos apasionados, soñadores y, en mi caso sobre todo, iluso. Iluso por creer, a veces ciegamente, que las cosas pueden suceder, o mejor dicho que “podemos suceder” las cosas. Queríamos que sucediera recorrer 203 kilómetros por las enfermedades raras.

¿Cómo resumir 203 kilómetros y dos días en unas cuantas líneas (o páginas)? Supongo que el mayor resumen que se puede hacer de ello es: salimos de Malpica y 45 horas después llegamos a Finisterre. Fácil ¿no? Lo es ahora que ya está hecho, sin embargo, cuando estábamos en Malpica, el asunto apuntaba a tener más chicha. Permitidme que utilice esto como metáfora para la vida (y me ponga un poco metafísico, que ya os adelanto, va a ser una constante a lo largo de las siguientes líneas). A menudo se pone ante nosotros un objetivo, sea deportivo, personal, profesional o familiar y lo vemos como un monstruo insaciable que se llevará toda nuestra energía durante las próximas horas, días o meses, pero eso no lo sabes hasta que no das el primer paso y empiezas el camino. Todo lo que proyectes sobre el objetivo es cierto o falso en la medida en tú lo creas cierto o falso. Así se emprenden los caminos, dando un primer paso.

El grupo que surgió para hacer este recorrido, nos juntamos en Malpica a las 23:30 del viernes 24. Se respiraba de todo allí; ilusión, respeto, miedo, pasión, inquietud, esperanza, mezcla que más adelante terminaría en otro aroma muy muy agradable. La ruta se divide en 8 etapas de entre 20 y 30 kilómetros cada una así que la estrategia era fácil: de etapa a etapa y sigo porque me toca. Lo sé, no rima…

Tengo la suerte de contar con un grandísimo equipo con muchos miembros, presentes y ausentes, y en este caso, los presentes eran mis padres. Allí estaban conmigo dispuestos a seguirnos durante dos días, por las carreteras de la costa gallega, carreteras con encanto, para estar a nuestro lado y lanzar al aire esas palabras de ánimo que tan bien se respiran. Para que el resto de la crónica tenga sentido, me vais a permitir que me adelante 40 kilómetros en el recorrido. En la llegada a Corme, donde teníamos a todos los voluntarios listos para darnos de desayunar, mis padres me recibieron con un enorme cartel que rezaba “¡VAMOS DAVID!” y que tenía la impresión de las manos de toda mi familia. Además tenía instrucciones muy concretas que Laura les había dado a mis padres: “cada vez que le veáis que escriba las horas que lleva corriendo y un pensamiento que le venga a la cabeza”. ¡Toma ya! Además de recorrer los 200 kilómetros ¡me ponen a hacer deberes! Y… ¡Benditos deberes! Dicho lo cual, ya puedo comenzar con algo de sentido.

7h45 La dureza es subjetiva

3, 2, 1… No hubo megafonía, ni arco de salida. Simplemente personas gritando la cuenta atrás y unos cuantos corredores que salimos a lo largo del paseo marítimo de Malpica y pronto nos encontramos en la oscuridad de la noche al abrigo único de la luz de nuestros frontales. Se establece un ritmo para mí bastante rápido pero aprieto los dientes para no descolgarme de la gente que conoce el recorrido. La noche transcurre entre tojos y zarzas, por sendas estrechas pegados a lo que sonoramente se intuye la orilla del mar. El único sonido que se escucha son los pies contra el suelo, las piernas rozando la vegetación y las olas rompiendo contra las rocas.

Sin querer se empieza a cocinar un aroma dulce y atractivo. Basta con mirar hacia delante y ver por dónde van las luces, y mirar hacia atrás para ver que quien llevas detrás no se queda colgado. Comparto kilómetros con Javier, un hombre de 65 años con muchos kilómetros en las piernas. Vamos charlando y en su “tranquilo” caminar me doy cuenta que el paso del tiempo, es un maestro que si estás abierto a su sabiduría, te riega para que crezcas. He de reconocer que caminando me cuesta seguir los pasos de Javier que agarrado a sus bastones tiene un paso corto pero alegre.

En dos ocasiones nos encontramos con nuestros amados y siempre atentos colaboradores donde nos avituallamos para seguir adelante. Siempre con una sonrisa, a pesar de ser de madrugada y estar en mitad de ninguna parte, siempre cuidando que no nos falte de nada y comprobando nuestro estado. Y con las luces del amanecer y asediado por el sueño de no haber dormido llegamos a Corme y el resto ya lo sabéis.

“Este es el tramo más duro de todo el recorrido” me dice Jabalí, siempre pendiente y atento a mí y contándome lo que nos vamos a encontrar. La dureza es subjetiva, si me hubiera centrado en lo molesto que era la vegetación o el sueño que tenía, probablemente ese tramo hubiera sido más duro. Decido pensar que gracias a la dureza del terreno tenemos que andar y eso, para mi espalda, es un regalo. Me sirve para calentar y entrar en ese estado físico en el que duele el cuerpo pero no hay más opción que seguir avanzando.

10h03 A veces sentirte sólo te enseña a sentirte acompañado

Salimos de Corme en dirección a Ponteceso, con paso ligero pero certero. Estas horas se me pasan volando ya que voy pensando en lo que escribiré en la pancarta, mi cabeza está en un mundo aparte lejos da Costa da Morte. Una idea martillea mi cabeza tras ver a mis padres y sentirme una vez más afortunado de tenerlos en mi equipo. Creo que la soledad es algo que todos deberíamos aprender a vivir. Cuando te encuentras solo estás contigo mismo y afloran todas aquellas cosas con las que debes aprender a estar de ti mismo. No hay escapatoria, estás tú contigo mismo y no se puede culpar a nadie más de lo que ocurre.

Todos estos pensamientos transcurren atravesando playas y acantilados. La luz del día, todavía despuntando en el horizonte, nos permite disfrutar del movimiento de las olas, el color de la arena y ver más claramente la vegetación delante de nosotros.

Aunque en ningún momento estamos solos, siempre tienes delante, detrás o a tu lado a otro corredor, es mágico ese momento de soledad mental, sólo interrumpida por las palabras de un compañero preguntándote cómo estás o si necesitas algo. La famosa soledad del corredor de fondo… Sólo cuando has estado solo aprendes el valor de estar acompañado.

Los últimos kilómetros, los hacemos a trote ligero al lado de la ría de Ponteceso por un paseo donde nos cruzamos con tranquilos paseantes y corredores haciendo su rutina diaria. Desde este lado de la ría se puede ver dónde estaremos en unas horas y a la cabeza me viene la frase que surgió mientras hacía el Camino de Santiago: si se puede ver se puede llegar.

13h05 No hay nada más bonito que la belleza de lo simple

Llego un par de minutos después que el grupo donde van Jabalí, Damián y José Manuel, descanso apenas unos minutos cuando ellos salen. Me apresuro para unirme a ellos ya que conocen la zona, visto el mal marcaje del recorrido y aunque llevo el track en el GPS, el recorrido ha cambiado, el riesgo de perderme y hacer kilómetros de más es alto y 203 kilómetros me parecen suficientes. El ritmo que llevan es quizá un poco fuerte para mí y voy, como se suele decir, con la lengua fuera, sin embargo, aprieto dientes y sigo su estela. Por esa zona nos juntamos con Felipe, Arturo y Francisco David que nos inyectan una energía que, desde la envidia, no sé de dónde sacan. Pedro Afonso y yo nos juntamos y vamos charlando sobre experiencias deportivas de larga distancia, hasta que subimos al punto más alto de la ruta. Subo totalmente apajarado y con hambre pero al llegar al alto, esas sensaciones desaparecen con la belleza del paisaje. Desde allí se puede ver de dónde venimos y hacia dónde vamos. Curioso que algo tan sencillo como alzarse sobre el terreno, te permita responder a la eterna pregunta vital. Todo lo que sube baja y a buen ritmo, nos plantamos en la playa de Rebordelo, donde nuestros queridos y siempre listos colaboradores y familiares nos esperan para que comamos.

Es increíble lo que un abrazo, una palabra dicha en el momento exacto, un baño en pelotas en la playa, una comida hecha y servida con cariño puede hacer por nosotros. Durante los últimos meses he estado explorando la sencillez y la simplicidad como medio para alcanzar la plenitud. Me he dado cuenta que a menudo nos liamos con grandes objetivos, caros objetos deseados, lejanos viajes a la otra punta del mundo. Probablemente eso nos de la plenitud de forma puntual, durante el viaje, mientras usamos nuestro último tecnológico cacharro o al cruzar la meta del objetivo, sin embargo,  nuestro día a día está envuelto en cosas sencillas que nos llenan de energía. Ahí radica la belleza de lo simple, en su profunda y potente capacidad de alegrarnos la vida. Lo triste es que por su simplicidad y su abundancia, no lo apreciamos.

16h50 Cuando menos te lo esperes tu luz explota para iluminarte

Vamos por el kilómetro 70 y nos quedan otros 20 hasta Camelle donde teníamos previsto llegar a la hora de cenar, sin embargo, vamos muy adelantados al tiempo previsto. Tardamos unas tres horas en recorrer estos kilómetros y extrañamente siento que estoy muy bien. Me noto que he dejado de sentir que tiran de mí para sentir que, metafóricamente, podría empujarles. Me engancho al grupo y disfruto del paseo volviendo a reencontrarme con los toxos y las silvas, que te pinchan las piernas dejando en una desagradable sensación.

Así de curioso es el ser humano, cuando parece que tocamos fondo, repentinamente surge una fuerza interior en nosotros que nos impulsa hacia fuera. Supongo que es un poco lo que le pasa al ave fénix: necesita arder y convertirse en cenizas para poder volver con más fortaleza y belleza. Lo que a veces no nos permitimos es tocar fondo, nos negamos a estar ahí, en la oscuridad más oscura porque lo juzgamos como algo malo, cuando en realidad es un paso necesario para poder salir fortalecido.

Con esa fortaleza extraña, llegamos a Camelle donde nos espera una buena paella para reponer fuerzas y donde nos tomamos un no breve descanso para recuperar fuerzas.

22h08 Expulsa de tu vida aquello que te sobre y te carga la mochila

Después de dos horas de descanso, cambio de calcetines, comer, abrazar a nuestros familiares y amigos, salimos en grupo con ánimo y la fuerza que da estar en el hogar. Unos kilómetros antes, una de las revelaciones (si se le puede llamar tal cosa) es que para mí, el hogar no es un sitio al que volver. He vivido en diferentes ciudades de España y he viajado por trabajo durante algunos años también al extranjero, nunca he sentido que perteneciera a un lugar concreto, que para sentirme en casa tuviera que volver aquí o allí. Mi hogar son personas, está repartido. No hablo sólo de mi familia, aunque sobre todo ellos son donde mejor siento el hogar, sino también de amigos o incluso desconocidos que te acogen desde la generosidad y la sencillez.

Sin prisa pero sin pausa vamos salvando cabos, golfos y playas. Estos kilómetros me permiten compartir kilómetros con José Manuel que, supongo que como todos, había pasado momentos durillos físicamente hablando durante el día. Es curioso compartir kilómetros con gente a la que no conoces y las conversaciones, sin palabras, que se establecen. Ese silencio y esas miradas al lado o hacia atrás para ver cómo está y con una sola mirada decirlo todo.

Pronto enganchamos una carretera sin asfaltar que nos llevará hasta cabo Vilán que se sitúa en el kilómetro 108. Comparto zancadas con Adolfo y Roy, quien lleva sufriendo molestias en la rodilla desde hace ya muchos kilómetros. Lo ha pasado mal en la última playa, sobre todo después de una gran bajada en un arenal, y parece que llanear con un terreno más amable le es más sencillo.

Sin darme cuenta pasamos el kilómetro 100, que lo tenía en mente como la primera meta ya que era la distancia más larga que había recorrido hasta entonces. Sin más celebración que la privada pienso “cada paso que dé a partir de ahora será un auténtico logro”.

En esos kilómetros de carretera siento muchas molestias intestinales. Quizá no sea muy glamoroso hablar de aguas mayores, sin embargo, es el hecho que inspiró el pensamiento al llegar a cabo Vilán. A veces no nos percatamos de aquellas cosas que nos cargan la mochila en el día a día, simplemente seguimos porque “no puedo permitirme parar porque pierdo tiempo” y, nos echamos a la espalda todas esas, permitidme el juego de palabras, mierdas que la vida nos va encasquetando. La respuesta que solemos dar es “yo puedo con esto, no me pesa” y quizás debamos respondernos a otra pregunta, más bien, ¿cuánto tiempo puedo aguantar este peso?

23h30 Si funciona no lo cambies

Empieza a anochecer cuando nos encaminamos hacia Camariñas, tras ver a nuestra gente en el cabo Vilán. El sol se despide a nuestra derecha. Siempre me ha parecido muy romántico ver atardecer. Creo que los colores, el sutil cambio de temperatura que se experimenta o la complicidad que da la oscuridad, siempre me han cautivado. La noche nos abraza y nos acuna haciendo que el cansancio se agudice.

Esta etapa es corta y eso se nota en la subjetiva rapidez con que pasa el tiempo, apenas una hora y diez minutos y ya estamos en Camariñas.

Quiero recordar en qué pensaba exactamente cuando escribí “si funciona no lo cambies”. Probablemente surgió por deformación profesional. A los pocos días de empezar a trabajar como Desarrollador de sistemas software, aprendí esa lección “si funciona no lo cambies”, aunque me quiere sonar que en la universidad ya nos lo decían los profesores con más experiencia. Supongo que es verdad y a veces nos empeñamos en cambiar cosas que funcionan, en poner energía en algo que ahora no requiere nuestra atención, mientras por otro lado hay multitud de cosas que podríamos cambiar para mejorar nuestro día a día.

31h02 El mundo se divide entre los que lo intentan y lo hacen (aunque tengan resultados no esperados)

Tras casi 24 horas desde que empezamos llevamos recorridos 115 kilómetros. Vamos muy bien en cuanto a tiempo para terminar en menos de 48 horas y es buen momento para echar un pequeño sueñecito. El ayuntamiento nos ha cedido las llaves del polideportivo para poder pasar allí unas horas y tras una duchita y apenas 45 minutos de sueño, nos agrupamos para volver a salir. Todos juntos, en piña, como un equipo. Porque hacía ya muchos kilómetros que nos convertimos en equipo, antes sólo éramos un grupo de corredores. Esa es la diferencia, un equipo que tiene un propósito común, y el nuestro era llegar a Finisterre para hacer ruido a través de toda la Costa da Morte.

Los próximos 32 kilómetros son fáciles ya que transcurren por carretera y, puesto que correr ya se hace difícil a estas alturas, los afrontamos caminando ágilmente. Vamos todos pendientes de todos, de no separarnos mucho los unos de los otros, de que nadie se quede descolgado. Y en mitad de la noche ¡zas! Antón con la furgoneta preparada para avituallarnos. Estos voluntarios tienen el superpoder de la generosidad muy desarrollado. Debo destacar que en Camariñas se nos unió Vicky que, sin dormir ni apenas descansar, se une a nosotros para pasar la noche acompañada. ¡Ole por ella!

Me acompaña durante muchas horas una fortaleza mental extraña, que no había experimentado nunca antes, y reflexiono con claridad. Y en esa claridad surge un pensamiento: la diferencia entre intentarlo y hacerlo, entre una intención y una acción. El movimiento se demuestra andando, solemos decir, y a veces no nos atrevemos a caminar. Lo que quizá resuena en nuestra cabeza es que si damos un paso, tropezamos y nos caemos, dolerá. Sí, ¿y si caminas y llegas a dónde quieres estar? Eso divide al mundo, entre los que lo intentan y lo hacen, aunque se tropiecen y se caigan.

Esta claridad no dura toda la noche y el sueño empieza a atacarnos hacia las 6 de la madrugada. Me voy dando pequeños cachetes en la cara, arranco a trotar unos metros porque los ojos se me van cerrando. Me voy durmiendo mientras camino. No hay ganas de conversar así que cada uno sigue la estrategia que le surge y en esa lucha contra el sueño, llegamos a Muxía, kilómetro 147.

El sueño ha hecho mella y algunos de nosotros aprovechamos para dormir de nuevo un rato y tomar un desayuno para afrontar un nuevo día.

34h30 No existen mejores soluciones sólo soluciones adecuadas

Acompañados siempre de nuestros ángeles de la guarda, familiares y amigos, nos hacemos la foto de grupo de los que seguimos. Óscar, que había luchado toda la noche contra su rodilla para llegar allí, se queda en Muxía y le dedicamos todos los corredores una gran ovación. No es importante hasta donde llegues, lo importante es estar allí. Todo esfuerzo es valorado, no hay mejor o peor aportación, todo vale, todo suma.

Galicia hace acto de presencia con el máximo de sus encantos, la lluvia. Nos vestimos con los impermeables y seguimos, al fin y al cabo es sólo agua.

Por la noche en Camariñas tuve que hacerme una cura de pies porque tenía algunas ampollas que me estaban doliendo mucho, y la humedad y la suciedad que se cuela por los calcetines me están haciendo polvo hasta el punto de que no me permiten trotar cómodamente en los tramos en los que se puede. Nos encontramos con nuestros queridos colaboradores con sus furgonetas y pido si tienen esparadrapo, con el que, tras limpiar los calcetines como bien puedo por dentro y por fuera, me hago unas improvisadas polainas para que la suciedad deje de entrarme en los pies.

Ese apaño es el que me regala el pensamiento que plasmo al llegar a playa Moreira en la pancarta: no existen mejores soluciones sólo soluciones adecuadas. Quizá en aquel momento cambiarme de calcetines o unas polainas de verdad habrían sido una solución mejor, pero no tenía calcetines limpios y desde luego no había opción de hacerse con unas polainas reales estando en mitad de ninguna parte. Por eso la mejor solución es la solución que es más adecuada, según las circunstancias, según el momento y según el lugar. Incluso según nuestro estado físico y mental. Me quedo con la pregunta ¿cuál es la solución más adecuada en este momento?

38h00 A veces los problemas hay que atajarlos a las bravas… atravesando el río ¡a cascoporro!

Apenas paramos dos minutos en playa Moreira, el frío y la lluvia amenazan con dejarnos helados. Aún quedan un par de grandes subidas y un par de grandes bajadas antes de llegar a Lires, que será nuestra última parada larga antes de llegar a Finisterre. Parece que el trozo de pan con jamón que comí, me ha sentado bien y voy con energía, aunque los pies me van doliendo horrores. El llevar los pies empapados, que no húmedos, no ayuda.

Vamos comentando por el camino la posibilidad de que la marea esté baja al llegar a Lires y podamos atravesar el río que baja hasta la playa a pie sin tener que mojarnos mucho, aunque mojados ya estamos. Damián, que surfea por la zona, viendo la marea en Moreira cree que puede que tengamos suerte y en Lires podamos cruzar, aunque no veo en él convencimiento y que nos lo dice para no desanimarnos. Sea como fuera, al llegar allí lo veríamos, de nada sirve adelantar acontecimientos que no podemos gestionar en ese momento.

Y con el paso de los kilómetros, a lo lejos, vemos la playa de Lires y, para nuestra sorpresa, la marea está alta. Bastante. Como para hacer el río que baja caudaloso. Existe otra alternativa a cruzar el río pero supone 6 o 7 kilómetros más, que en los ritmos que llevamos a esas alturas supone una hora u hora y media, así que alguien sugiere que crucemos a nado… Mis padres que están allí, me miran con cara de estupefacción cuando observan que todos decimos que sí a esa idea. “¿Vais a cruzar nadando?” me pregunta mi madre, “es eso o hacer 7 kilómetros más” le respondo. “¡Qué aventureros!” creo que resolvió a responder.

Los problemas a veces hay que atajarlos a las bravas, no andarse con rodeos, como quitarse una tirita, de un tirón, sin pensarlo. Así que después de 177 kilómetros atravesamos apenas 50 metros a nado. Duatlón Camiño dos Faros por las enfermedades raras y crónicas, ¡ole!

45h30 A veces no escogemos las circunstancias pero siempre podemos escoger cómo actuamos ante las circunstancias

Parece que el agua fría del río hace que el cuerpo reaccione y dejo de sentir el frío que tenía encima desde hacía ya unas cuantas horas. Nos ponemos ropa seca y comemos, acompañados de todas las familias, con calma pero sin dormirse en los laureles. Paula, nuestra enfermera particular, me cura los pies con los medios que ha podido conseguir. El mimo con el que nos trata a todos, después de tantísimas horas que lleva siguiéndonos merece toda mi admiración y gratitud.

La climatología lejos de apiadarse de nosotros parece que se haya enfadado por habernos burlado de la lluvia con el tramo del río y empieza a hacer calor. Al salir de Lires me había puesto mallas por debajo de la rodilla y empiezo a pasar mucho calor. Sin gorra ni gafas de sol, el sol me empieza aplastar contra el suelo y vuelve a surgir el sueño. Por delante puedo ver a Jabalí, Damián y Vicky, un poco más atrás a Arturo, que se ha quitado las zapatillas y va disfrutando del refrescante baño de las olas en los pies, y detrás van Víctor, que lleva unas cuantas horas sufriendo por la rodilla y Francisco David, que tampoco lo ha pasado del todo bien, pero que no pierde el humor al grito de “¡Parad que os saco una foto!”.

Intento despertarme apretando un poco el paso y me marco como objetivo alcanzar a Arturo y cuando lo alcanzo charlamos hasta que salimos de la playa. Arturo es un gran deportista y me demostró ser una gran persona, en todo momento explicándome dónde estábamos, a dónde íbamos para que tuviera localizado y no perdiera en ningún momento la perspectiva de la ruta. También está con nosotros Enrique, un corredor de Madrid que ha venido a hacer los últimos kilómetros con nosotros. Venía de hacer el Camino de Santiago Portugués y supo que estábamos haciendo el recorrido y no se lo pensó dos veces. Trae consigo mucha energía renovada y gritos de ánimo, que nos ayudan a avanzar.

A lo lejos, al otro lado del paisaje, veo una silueta corriendo cuesta abajo a una velocidad increíble. Estoy muy lejos para reconocer a la persona, pero por la ropa puedo deducir que es José Manuel y verle con esa energía, me da las fuerzas necesarias para llegar a playa Arnela. ¡Qué bestia el tío! ¡Qué estado de forma! Llego bastante seco y relleno los dos bidones y me tomo un gel de cafeína para combatir el sueño. Me cambio las mallas por un pantalón corto, cojo la gorra y las gafas de sol para protegerme del sol y me siento más a gusto.

Allí está Felipe esperándonos y tras de mí llegan Jabalí, Damián, Vicky, Víctor y Francisco David. Sé que no es justo decir lo que voy a decir, pero parece que por Felipe no hayan pasado los kilómetros, cuando en realidad lleva los mismos que nosotros. Llega el primero con lo que desde fuera parece una facilidad pasmosa y espera a que salga el último, para no dejar a nadie atrás. Y dicen que ya no quedan caballeros…

No quedan muchos kilómetros y hay que seguir. Me uno a Víctor, que lucha como un jabato con su rodilla en las bajadas y en los terrenos más difíciles. Comparto con él los últimos kilómetros hasta encontrarnos con Marta esperándonos en el Cabo da Nave, siempre con una sonrisa, siempre con palabras de ánimo. Sencillamente admirable.

Estamos a unos 200 metros de altitud y tenemos que bajar hasta la playa, lo cual se traduce en grandes bajadas, donde la rodilla de Víctor podría sufrir de lo lindo. Entre la vegetación vemos una camiseta blanca aparecer y al acercarse vemos que es Pedro Afonso que se había retirado hacía ya unos cuántos kilómetros. Víctor apoyado en Pedro recorre las bajadas a paso lento pero preciso para no dañarse más la rodilla. Yo bajo todo lo rápido que puedo porque ir bajando despacio me está cargando los cuádriceps.

Al llegar a la playa, me siento en unas piedras a espera a que lleguen ellos. En la playa, tras 44 horas desde que salimos de Malpica y con tranquilidad y a la par tristeza de que la aventura está llegando a su fin, me surgen muchos pensamientos. El primero de todos y el más fuerte es lo afortunado que soy de poder hacer este tipo de cosas. Desde hace un tiempo, me he planteado muchas veces la clásica pregunta que nos hacen a muchos de los que practicamos deporte de larga distancia, ¿por qué lo haces? La respuesta más sencilla y a la par más cierta que he encontrado a eso es que lo hago porque puedo. Y en los últimos meses, cada vez que he hecho una ruta de larga distancia, me he sentido afortunado. Por poder llegar a donde llego, por poder disfrutar de lo que hago, por poder compartirlo con gente maravillosa. Lo hago porque puedo, esa es mi fortuna.

A los pocos minutos aparecen Pedro y Víctor y atravesamos la playa que nos lleva hasta la pasarela de madera donde nos esperan para recibirnos con honores de héroes.

Me encuentro con mis padres y mi madre dice que quiere hacer el último tramo conmigo. Caminamos juntos, ahora codo con codo, en esta aventura. En esto de la larga distancia, admiro enormemente a mis padres por una sencilla razón, no entienden de qué va todo esto, a qué responde ni qué beneficio obtengo, sin embargo, su decisión ha sido apoyarme ciegamente allá donde vaya, por muy loco que le parezca esto del ultrafondo y la resistencia. Eso es lo difícil, apoyar algo que no entiendes sólo porque es lo que a una persona a la que quieres le llena. Sencillamente, gracias.

Nos juntamos todos en el aparcamiento de caravanas y tras los obligados abrazos y felicitaciones, los unos a los otros. Con los familiares, con los colaboradores, con los amigos. Extraños que se han conocido y amistado durante 48 horas por un precioso motivo. Y juntos, como salimos, decidimos recorrer los últimos metros hasta el faro donde, haciendo pasillo y entre aplausos nos recibe una multitud al grito de “¡Ruido!” y “¡Lume!” que ha sido casi un mantra durante tantos kilómetros. Entre lágrimas, Jabalí se acerca y me dice “¡Esto es David! ¡Esto es!”. Por eso lo hacíamos, por hacer ruido y por la gente que allí se había acercado. Para que raro deje de significar desconocido y sencillamente pase a significar poco habitual.

Nos dijeron que no, dijimos que lo haríamos y lo hicimos. Y durante tantas horas y tantos kilómetros en mi cabeza retumbaba una frase: A veces no escogemos las circunstancias pero siempre podemos escoger cómo actuamos ante las circunstancias.

Esta es mi lección y tal y como la he aprendido, os la comparto.

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